Los pagos mediante dispositivos móviles podrían convertirse en la máquina de blanqueo de capitales soñada por los delincuentes

Por John A. Cassara, asesor industrial de SAS Federal LLC

En otoño de 2013, la fiscalía de Estados Unidos intervino la compañía de cambio de moneda Liberty Reserve y la acusaron de haber llevado a cabo la mayor operación de blanqueo de capitales de la historia: «el banco preferido del inframundo de delincuentes». Más de un millón de clientes usaron la empresa con sede en Costa Rica para blanquear más de 6000 millones de dólares, según la acusación. Se alegaba que, además de traficantes de drogas, los usuarios ilícitos de Liberty Reserve incluían una amplia variedad de delincuentes y organizaciones delictivas involucradas con fraudes de tarjetas de crédito e inversiones, robos de identidad, piratería informática y pornografía infantil.

Pero, si bien en la actualidad, los organismos reguladores y la seguridad del estado prestan mucha atención a Liberty Reserve y a empresas de cambio de moneda similares, no ocurre lo mismo con otro frente de blanqueo de dinero: los pagos mediante dispositivos móviles. Millones de personas usan ya sus teléfonos móviles para realizar sus gestiones bancarias, en especial, en los países en vías de desarrollo, y su número crece cada día. Y ocultos entre toda esa multitud hay delincuentes que algunos expertos consideran que desarrollan actividades delictivas tan variadas como las de Liberty Reserve, aunque a una menor escala, al menos de momento.

«Los pagos mediante dispositivos móviles se convertirán en uno de los principales métodos de blanqueo a los que nos tendremos que enfrentar», afirma John Cassara, que trabajó durante 26 años como agente encubierto de la CIA y del Ministerio del Tesoro de Estados Unidos investigando delitos económicos. «En la actualidad resulta difícil hacerse una idea del problema, ya que falta conocimiento y estudios al respecto. Pero tendremos que plantarle cara al problema cuanto antes».

Para los departamentos de seguridad del estado de todo el mundo resulta difícil hacerse una idea del problema, ya que faltan conocimientos e informes al respecto.

El reto es el siguiente: es muy caro desplegar redes bancarias y de telecomunicaciones terrestres, por lo que de los 7000 millones de habitantes del mundo, solo 1 de cada 5 tiene acceso directo a bancos y a servicios financieros. Pero hay 5000 millones de teléfonos móviles en circulación que se podrían usar como monederos virtuales o cajeros automáticos personales. Algunos expertos predicen que para 2020 habrá 50 000 millones de dispositivos conectados, y muy probablemente, será la forma más común de gestión bancaria en gran parte de África, Asia y Latinoamérica.

Sin embargo, los lugares donde los pagos mediante dispositivos móviles están experimentando un mayor auge resultan ser también sitios donde florecen gobiernos corruptos, sindicatos de delincuencia transnacionales y traficantes de toda clase. «El impacto será enorme», comenta el Sr. Cassara, autor de dos libros sobre terrorismo financiero que redactó un informe para el Ministerio de Estado de Estados Unidos sobre los pagos mediante dispositivos móviles en 2008 y que ahora asesora a gobiernos y multinacionales sobre el tema. «Que la gente emplee sus teléfonos para realizar sus gestiones bancarias afectará seriamente al uso de tarjetas de crédito y cajeros automáticos, y tendrá un importante efecto en la forma en la que el dinero se oculta y se blanquea». Según su parecer, el problema es que nadie contempla esta cuestión en los términos: «Ah, bueno, pero ¿cómo van a aprovecharse de esto los delincuentes».

Así funciona: el mejor ejemplo de los pagos mediante dispositivos móviles lo encontramos en Kenia, donde Safaricom lanzó en 2007 uno de los primeros programas de pago mediante el móvil, denominado M-Pesa. (Pesa significa «dinero» en suajili). M-Pesa cuenta ya con 15 millones de usuarios que transfieren más de mil millones de dólares al mes en África Oriental. Su modelo se está imitando en más de 50 países, incluida casi toda África, Brasil, Afganistán y La India.

Miles de pequeños comercios de Kenia venden tiempo de consumo de móviles, normalmente en forma de tarjetas de rascar. Más de 60 000 de estos comercios también son agentes registrados de M-Pesa, un número muy superior a las 840 sucursales bancarias existentes en toda Kenia. Las transacciones anuales en M-Pesa equivalen a más del 20 % del PIB del país. Los clientes intercambian dinero por valor virtual que transportan en sus teléfonos, de forma que se convierten en monederos electrónicos o tarjetas de recarga. Pueden pagar facturas, comprar artículos, transferir dinero y, lo más importante, recibir crédito en la tarjeta.

Además de ser fácil de usar, suele ser más barato que los servicios de transferencia monetaria tradicionales. Es posible pagar a los trabajadores extranjeros por teléfono, y estos pueden enviar el dinero a sus familias en casa en cuestión de segundos. Los viajeros pueden depositar mucho dinero y, simplemente, retirarlo en otro país. Muchos grandes bancos se están apresurando a incorporar los pagos por dispositivos móviles, así como muchas multinacionales como McDonalds, Starbucks o Western Union.

Los pagos mediante dispositivos móviles son muy populares sobre todo en países donde las leyes en materia de fraudes financieros y blanqueo de dinero son poco estrictas y se aplican con más laxitud.

Aquí es donde el sistema falla: los pagos mediante dispositivos móviles son muy populares sobre todo en países donde las leyes en materia de fraudes financieros y blanqueo de dinero son poco estrictas y se aplican con más laxitud. No se exige mucho a la hora de identificar a los clientes. Todo el proceso suele quedar fuera del control de los sistemas financieros del país. Por lo tanto, para las autoridades es prácticamente imposible supervisar los pagos mediante dispositivos móviles, aunque tuviesen la experiencia necesaria, y según el Sr. Cassara, no la tienen.

Y dado que las transacciones se realizan a través de teléfonos móviles y mensajes de texto, normalmente es imposible rastrearlas y, evidentemente, no hay forma de que constituyan una prueba para emprender acciones legales. Como el Sr. Cassara declaró en el Congreso de Estados Unidos en mayo de 2012, los delincuentes siempre gravitan en torno al eslabón débil del sistema financiero, y ahora se están focalizando en los pagos mediante dispositivos móviles. En Kenia, M-Pesa se ha usado para blanquear divisas falsas, sobornar a funcionarios corruptos y para facilitar secuestros y extorsiones, entre otros muchos delitos. Como respuesta, el año pasado Safaricom empezó a solicitar más información sobre sus clientes, sobre todos de los que usaban tarjetas prepago para su servicio telefónico.

Pero aparte de estas historias, no existe mucha evidencia sobre el hecho de que los pagos mediante dispositivos móviles faciliten las actividades delictivas. El Sr. Cassara afirma que es así porque nadie supervisa las transacciones en busca de delitos. Las autoridades financieras de África, Asia, Europa y los Estados Unidos parecen estar de acuerdo y han mostrado su preocupación en informes recientes, declaraciones oficiales y discursos públicos. Se muestran especialmente preocupadas por el aumento de los pagos mediante dispositivos móviles en países donde el sistema informal de transferencia monetaria conocido como «hawala» ha obstaculizado sus esfuerzos para rastrear la financiación del terrorismo. En Pakistán, por ejemplo, donde el 90 % de los adultos no usan bancos, una empresa llamada Easy Paisa tiene más de 100 millones de suscriptores. El Sr. Cassara explica que cuando viaja al extranjero y concluye una de sus presentaciones: «Todo el mundo está preocupado». «Todos asienten con la cabeza y saben que [esto] va a ser un problema, pero nadie hace nada».

NOTA: Este artículo se publicó originalmente el 17 de junio de 2013 en Quartz.

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